Por debajo de los sonidos y los ritmos, la música opera sobre un terreno concreto: el tiempo real o fisiológico del oyente, éste es un tiempo irremediablemente diacrónico, porque es irreversible, sin embargo el segmento de éste tiempo dedicado a la escucha se convierte en un tiempo sincrónico, cerrado sobre si mismo. La audición de una obra musical, por el hecho de su organización interna, ha inmovilizado el tiempo que pasa. Con un lienzo agitado por el viento; la música ha recorrido de tal modo el tiempo que mientras escuchamos música accedemos a una suerte de inmortalidad.

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